Al decir 'abracadabra' se nos viene a la boca eso de 'pata de cabra'. No falla. Resulta imposible evitarlo, debemos llevarlo tatuado en el ADN. Una palabra como una llave con la que exponernos a la magia. Y de magia van sobrados los libros y los niños. ¿Cómo resistirnos entonces si nuestro proyecto versa precisamente sobre ellos? La literatura infantil lleva un abracadabra pegado al lomo; como si de un colorín colorado se tratara. Por eso nosotras somos Abracadabra.

Podemos también ponernos un poco sesudos –'un poco' no puede importar demasiado–, y rebuscar en la etimología de 'abracadabra', que es todo un misterio. Parece ser que pudiera proceder de una antigua voz hebrea que significaría 'creo como hablo'... pero esto es sólo una teoría que podría no ser verdad; como las leyendas, como los ogros... como la magia. Parece que pide confiar, creer que ésa y no otra es la etimología de Abracadabra es como pensar que vamos creando el mundo al nombrarlo... 'creo como hablo'. Requiere confianza, pero en nada ajeno... en nosotros, en nuestra creatividad que está ahí esperándonos a golpe de palabras.

Los antiguos pitagóricos –y esto ya no es una teoría– siguieron utilizando la maravillosa palabra de las cinco A para protegerse, para curarse. Creían que, con sólo decirla, podían ahuyentar males y curar penas; otra vez 'creo como hablo'. Por eso se hicieron unos amuletos en los que dispusieron la palabra como un triángulo invertido que iba progresivamente reduciéndose a su esencia: una A.

Con toda esta amalgama de referencias míticas, arqueológicas, textuales y pseudomágicas hemos decidido que gritarle un poco al mundo debe ser algo bueno –'un poco' no puede importar demasiado–, así sea: ¡ABRACADABRA!